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MOSTAZA Y TENDAL
La mancha no se había borrado. Estaba segura de que era mostaza. Una marca desconocida procedente de un país remoto donde en aquél mismo momento se estaban matando como moscas los unos a los otros. Con rabia desprendí el mantel del tendal y lo llevé directamente a la lavadora. Agua caliente, detergente para la ropa de trabajo, quitador de manchas, cloro, el jugo de un limón y un chorro de vinagre. Si esto no lo conseguía, no habría otro remedio que comprar otro mantel.
La lavadora se meneaba de un lado para otro y el agua turbia que golpeaba la ventana plástica auguraba buenos indicios. Esta vez romperíamos la barrera de la mugre. Me quedé pensando en la etiqueta de la mostaza donde leí de qué región procedía. Sabía que eran gente de turbantes y barbas enmarañadas que confiaban en sus elefantes para todo e ignoraban a sus mujeres veintitrés de las veinticuatro horas del día. Creo haber leído que esa única hora de adulación o concupiscencia, para ubicarla en un contexto más exacto, podía ocurrir en cualquier momento de los veinticuatro espacios en que dividimos el tiempo.
Ellas tendrían mucho más de que preocuparse que una mancha de mostaza de origen foráneo. Además de las increíbles proles con bocas hambrientas, habría elefantes que bañar, alfombras que barrer y caftanes que apalear contra las piedras lisas a la orilla de algún río de impronunciable nombre. Mientras que yo, desde mí ignorada esquina de la península me quejo porque una mancha de mostaza extranjera me jodió un mantel de lino Holandés.
La lavadora puja como si estuviera a punto de producirse un aborto y yo sueño con el día en que saquemos las maletas del trastero para irnos de vacaciones a Benidorm. Pero algo en mi cerebelo también pulsa al compás de la lavadora construyendo palabras e hilvanando preguntas: ¿Cuántos niños han muerto en el país de la mostaza desde que la lavadora comenzó su pum-pum sin lograr erradicar la jodida mancha amarilla de origen extranjero?
Marco Antonio
GIGANTES Y ENANOS, MOSTAZA Y TENDAL
Desde aquella terraza a pié de calle donde comía, les vi venir. Yo untaba una pizca de mostaza sobre mi rebanada de pan. Más que una pareja, me pareció que observaba un cuadro insólito.
Ella era una mujer enana, de unos noventa y cinco centímetros de estatura. Caminaba de forma inestable ayudada por un andador que amortiguaba el excesivo vaivén de su cuerpo entre un paso y el siguiente.
El hombre que caminaba a su lado era algo mas joven y delgado. Medía aproximadamente un metro setenta centímetros. Le observé con detenimiento. Su ostensible desequilibrio me recordó a una de esas personas con grandes problemas de lenguaje y coordinación de movimientos. Cada paso parecía ser el último antes de caer. Si no sucedía era porque sus brazos le mantenían en equilibro.
Pasaron por delante de mi mesa gesticulando, riendo y farfullando sin cesar (entonces me pareció escuchar algo acerca de “problemas” y de un “tendal”).
Jaime del Egido
Poniendo las cosas en su justo desorden
Confieso que la temí.
Pero Hölderlin me sonreía desde el origen infinito
de todas las cosas
de todos los días,
de todas las ideas.
Comprendí
que ella es más antigua que la muerte
y más sabia que la vida.
Ya es hora...
¡viento del sur!
de guardar calcetines en la nevera,
de llorar si es que toca;
de orinar en las aceras,
de recordar sin calma
la sonrisa de ella
y aullar a veces,
solo de pena...
de copular en la escalera
con la vecina
de mirar al cielo hilvanando estrellas,
de robar comida
de escribir poesía...
Ya es hora, puta locura...
Comencemos a convivir
incivilizadamente,
con o sin amor, sin ataduras,
Tu, yo, y nuestros versos.
Ya es hora de hacer amistad
con las tinieblas
VER O NO VER
La miseria llamó a la puerta
y se tomó su tiempo
días abotargados
en un pliegue de la historia
mirándola desde un palco
comienzo a entender la obra
el opio de la bonanza
te veo y quisiera no verte
dónde coño estabas entonces
por qué apareces ahora.
Mariluz
GALOPE A DOS PATAS
Mira, estoy segura de que nunca me has prestado atención; pero cuando digo nunca, es nunca, ¿eh? Lo del día que fuimos al hipódromo me lo confirmó. Sino, vamos a ver, ¿cómo se explica semejante comportamiento por tu parte, querido? Estuve toda la tarde hablándote; tú, como siempre, apenas respondías. ¿Dónde estabas entonces, eh?, ¿dónde tenías la cabeza?, si se puede saber. Pero, claro, no se puede saber porque ni tú mismo lo sabes. De pronto, vas y saltas sobre la espalda de aquel pobre señor y gritas: “¡arre!”. Empezaste a cantar el tango de Carlos Gardel: “Por una cabeza…” Creí que me moría de vergüenza, ¡porque mira que cantas mal! Y la mujer del pobre señor, con los ojos muy abiertos, gritando de tal manera que se podría colgar la colada en las cuerdas vocales, jaleándoos para que fuerais más rápido. Me dije: “Esta mujer es idiota”. Si ni siquiera había empezado la carrera. Al menos yo esperé a que estuvierais en el cajón, como los demás caballos. Cuando se dio la salida nadie apostaba por vosotros. No por culpa del caballo, digo del señor que…, es decir, sí, del caballo que montabas, que se le vía con posibilidades, sino por tu hipopotámico cuerpo, que lastrabas al pobre animal como los deshumidificadores fundieron el presupuesto del Arca de Noé. No obstante, el noble bruto empezó a hacerse con tu peso y a media carrera ya iba en la mitad del grupo. Seguías cantando: “…de un noble potrillo…” Entonces disteis unos pasos bailando un tango como dos luchadores de sumo en una playa llena de piedras. “…que justo en la raya…”. Al final, ganabais por tres cuerpos, si los medimos por los de los caballos; si lo hacemos por el tuyo, uno. “…afloja al llegar…”. Tú siempre fuiste muy tuyo y entonces, claro, tenías que ir de acuerdo con la canción: “…y que al regresar…”. Me dije: “Este no va a hacer bien dos cosas seguidas”. “…parece decir:…”. No pude con la tensión y te lancé el paraguas, se abrió en medio de la pista y los caballos, asustados, se dieron la vuelta sin obedecer a los jinetes. Todo el mundo de miró. Estaban tan convencidos de que había sido yo que silbé “West Side Story” completa dos veces con tres bises. “…no olvides hermano…”. Era evidente que el caballo iba debajo pero el de arriba era el burro. “…vos sabés, no hay que jugar…”. Pero, ¿a quién se le ocurre? ¡Deja que apuesten, imbécil! Si casi no ganas por no estropear la canción. Menos mal que el que hacía de caballo iba derrengado por tu peso y cruzó lo antes que pudo la meta. Fue el principio de una carrera que nos podría haber hecho ricos. Pero no, claro; no podía ser. No hubo manera de bajarte del pobre animal… es decir, del pobre señor, y terminasteis creyéndoos un centauro; y, claro, los centauros no pueden correr en el hipódromo. Para rematar esta situación hemos tenido que cambiar el lavavajillas por un lavapesebres. Nunca terminaré de aprender. Como cuando saltasteis sobre el canario; la risa que me dio… hasta que empezó a relinchar.
Enrique Tejón
TIEMPO
Tiempo, tengo ganas de conocerte y no lo consigo. Me hiciste crecer el pelo, la barba… pero, cuando te dió la gana, me lo arrebataste y me lo volviste blanco. ¡Deja de jugar! Quiero conocerte. ¡Soy yo! Y quiero ser tu amigo. ¿No me recuerdas? Aquél al que parecía que no corrías con la diligencia debida cuando quería entrar en las pelis de mayores. Aquél que jamás te podía alcanzar con un coche porque no me dejabas conducir.
Ahora sigo queriendo conocerte, pero todavía no he logrado estrecharte la mano. Te has puesto a correr tan rápido delante de mí que me encuentro asfixiado de seguirte. No te puedo alcanzar. Sigues riéndote de mí. La experiencia vivida no es suficiente para alcanzarte. Pregunto a los mayores y tampoco te pueden parar. Das y quitas razones, pero a mí ya no me vales. Ni de pequeño ni de grande. ¡Me has vencido! Y lo peor es que la vida pasa adosada a ti. ¡Haz lo que quieras de mí!

¿ Cuántas maneras hay de pasar la vida?
Analicemos tres formas distintas.
Jorge Manriquez, en las coplas sobre la muerte de su padre, dice:"Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando..."
Santa Teresa de Jesús exclama:"Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero."
Segismundo, en la Vida es Sueño de Calderón de la Barca, maldice indignado:"Apurar cielos pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros, naciendo, aunque si nací ya entiendo qué delito he cometido, bastante causa ha tenido vuestra insistencia y rigor, pues el delito mayor del hombre es haber nacido..."
En la primera forma, el autor describe a dos personajes rivales que avanzan para enfrentarse a una encarnizada lucha en la que triunfa la muerte y todo se acaba. El lema de los seguidores de esta postura es: bebamos que mañana moriremos.
La Santa, considera la muerte como el trampolín que la lanzará a esa alta y eterna vida que espera y que la Iglesia proclama en el prefacio de la misa de difuntos:"...porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma..." Afortunadamente somos muchos los que creemos y queremos pasar así la vida.