martes, 22 de abril de 2014

miércoles, 10 de abril de 2013

CANTO NEVADO

Llora mi niña,
desde la vaguada,
bajo un manto de nieve
llora su alma
alborozada.
Risas y cantos
para su hermano,
abrazos y lirios
en la alborada.
Llora dichosa
ajena a penas
y olvidos.
Su voz al alba,
esperanzada.
Cubierta de nubes,
llora mi niña,
con la mirada puesta
en la madrugada.

Natalia

sábado, 16 de marzo de 2013

Cuando pasen por mi puerta los gorriones,
esos que llevare en mi memoria,
te encargo que les eches unas migas.
Te daré las gracias, aunque mis labios
ya sean de piedra y no pronuncien las palabras.
Las mañanas… me gustan las mañanas,
son la vida que comienza, el rocío,
el jardín, las semillas o la flor,
el agua que regala la caricia.
Los pájaros no ven nada, por mirar
tan lejos, ellos nos dan sus cantos.
Cuando ya no este, cuando en algún
punto azul de la memoria me lleven
por las mañanas los ensueños
a impalpables alas de la muerte
te pediré amigo mío, que en mi nombre
te acerques a mi puerta, y les dejes
la miga de pan de mis recuerdos.
No podré darte las gracias
porque estaré dormida y mis labios
beberán las aguas del silencio.

Carmen Passano

jueves, 28 de febrero de 2013

SERÉ PARA UN SIEMPRE ...

Llegar a tu memoria ensombrecida
calado hueso a hueso en el olvido
es como un eco sin voz reconocible,
o un iluso que ovilla sin visiones.
La mácula en mi sábana es denuncia
y en mi armadura de carne, la punzada.
Repudias, sí , la cicatriz del beso
que plantó tu lujuria y no en mi pecho.
Hay vivencias que se ocultan tras tu escote
mordidas con relámpagos de fuego,
heridas que el delirio de tu honor condena
cabalgando las mentiras apropiadas.
He de llegar entre los pétalos del tiempo
como la página húmeda perdida en altamar.
Sacudiré tus recuerdos, traicionaré tu ego
y en las sombras del lecho tú volverás a ser.

Marco Antonio

viernes, 21 de septiembre de 2012

EL AVERNO


Podría decir que conozco este lugar. Alguna vez he estado aquí, mucho antes de que tuviera consciencia o noción del tiempo. Sé que poseemos cinco sentidos, pero ahora sólo uno parece funcionar: el que percibe la claridad y las tinieblas. Ha sido esa luz, plagada de sombras la que me ha dado el primer indicio: supe que no estaba solo cuando los celajes provocados por aquel intenso resplandor comenzaron a agujerear las tinieblas transmitiendo una sensación de movimiento. No, no era un lugar extraño. No, no estaba solo.

Me esforcé en ser más preciso e Intenté identificar el lugar. No pude reconocerlo como un país, una región o una ciudad, pero sí estaba seguro que aquello que se proyectaba ante mis ojos eran retazos de experiencias vividas, lugares de puertas y ventanas. Fragmentos de luz y sombras se cruzaron frente a mi visión y tuve la sensación de que se estaba abriendo un puente. Ahora me transportaba asistido por los otros sentidos, podía tocar los muros y los marcos de las puertas, aspirar con cierta repugnancia el olor a sudor agrio que emanaba de las sombras. Al final me atreví a escupir el sabor fétido depositado en mi lengua con cada bocanada del vaho que respiraba. Me pregunté qué lugar podría ser este que albergaba vestigios de todas mis memorias, de todos los lugares donde había estampado mi huella siempre sedienta de discordia, desconfianza, odio y traición. ¿Qué rostros son estos que aún no puedo ver, pero que sin dudas, sí son familiares en mis entrañas?

Comienzo a reconocer pasos sobre lo ya mil veces he andado: adoquines azules en calles estrechas, el asfalto de las anchas avenidas, los caminos de piedra y la sensación de humedad que transmiten las zanjas que se forman en el fango después de un aguacero. Sentí miedo porque intuí que esta travesía no me llevaba a ninguna parte, aunque visitaba lugares ya transitados que sospecho no fueron seleccionados al azar. Aquí me enfrentaba a mis experiencias malvividas y sin sentirme totalmente sólo, no estaba acompañado. Había perdido la noción del tiempo y comencé a entender que todo esto era más que una pesadilla, parecía que había comenzado a cumplir una condena.

La incertidumbre, la ansiedad y el desespero de no saber… sabiendo, tenía que ser un castigo, algo que se convertiría en un terrible tormento exigiendo que mi alma deambulara eternamente para que reviviera los pasajes de infamia que minaban mi miserable existencia. Como si otra vez aquel cuervo mitológico del pasaje bíblico regresara para roerme las vísceras mientras que yo en cadencia perpetua, continuara recordando una y otra vez.

Marco Antonio

domingo, 15 de abril de 2012

EL ABUELO



¿Adónde habrá ido el abuelo?


¿Habrá desensillado el caballo tobiano en el campo lejano de las estrellas?

Con su valija de cartón, su sombrero negro y chato y sus bombachas de gaucho, estará mirando a ese viejito reflejado en el espejo de alguna laguna, riéndose y preguntando - ¿todavía estoy en la tierra?

El abuelo… mirando hacia adentro, hacia los recuerdos, contando historias del campo, mientras avivaba el fuego con algunas ramas, mirándome pensativo. ¿Y la abuela? En algún atardecer, estará sentada en su mecedora de mimbre, zurciendo las medias de los nietos para enmendar la pobreza, recitando bajito ese poema de amor que aun guardaba en su corazón.

Una calle de tierra hacia el sudoeste con yerbajos y pisadas cansadas de vaquillonas, que pasaban en las mañanas anunciándose con sus cencerros, para ofrecer la leche espumante y tibia. El tiempo grisáceo del invierno, transcurría lento en una infancia sin demasiados matices. Saltar la zanja, que separaba la angosta vereda del potrero, cazar mariposas o atrapar en el hueco de la mano algún bichito de luz.

Un cierto temor al anochecer, tal vez al viejo molino que chirriaba con el viento. El miedo a través de la vida se va adquiriendo y nos ponemos un escudo de valentía. Algunos lo dejan de lado. Yo no. Mis miedos me acompañaron siempre. La vida pasa, la vida sigue. Las cosas y los sentimientos se van quedando atrás, sin darnos cuenta vamos cambiando pero al envejecer tenemos que encontrarnos con aquel niño que fuimos y seguir mirando todo con el mismo asombro hacia los sueños. Al recordar a los abuelos quise imaginar sus vidas, pero sabía poco y nada de ellos.

No solo se heredan los rasgos de una raza, se heredan las cosas que se llevan en el alma, imperceptibles, diáfanas, nostálgicas. Los indios llevan el sufrimiento de siglos en sus rostros, los orientales la serenidad y la armonía de sus costumbres. Las mujeres transmiten de madres a hijas, vivencias y sentimientos de un pasado remoto, como los árboles en la memoria de sus especies, siempre darán el mismo fruto y la misma sombra.

Carmen Passano

Argentina.