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AL AMANECER
Pisó con fuerza contra el cemento cuarteado, como si su rabia pudiese agrietar el concreto blindado y ofrecerle una alternativa al inevitable desenlace. Como un animal enjaulado se movía en círculos concéntricos cada vez más estrechos. Miró con intensidad hacia el agujero.
Una tenue claridad comenzaba a filtrase a través de los barrotes. Los ruidos del patio se magnificaban dentro de la celda. Atento a todo lo que ocurría en el exterior, pudo identificar el sonido de la clavija que activaba el mecanismo de la maquinaria, como también, en su momento, podía percibir el impacto de las cabezas en el canasto. Llevaba meses escuchándolas. Pensó que en aquél lugar como en la vida misma, todo era una redundancia.
Cerró los ojos y se reclinó sobre la mugrienta almohada. Trató de adivinar quienes, de sus compañeros de celdas, estarían escuchando cuando su cabeza impactara el fondo de la cesta al amanecer.
EN LAS ALTURAS
Tamborilea los dedos sobre el metacrilato
culo en sofá de piel de especie protegida
el mundo en sus manos ya no es redondo
para un jugador
el mundo es un dado
la bolsa o la vida
desde su trono
todo lo que sabe a ternura
se viste de sátira.
ASÍ NOS VAMOS APAGANDO
la rendición de los párpados
sigue su deriva
damos pies y manos
hay quien da la lengua
como si el tránsito estipulado
llevase un código de permanencia
será cosa del magnetismo
de estos días azules
y este sol de justicia
sol de la infancia
que invasivo como la yedra
amortigua las pisadas.
RECUERDOS
Manos inocentes
de suelos pulidos.
Alfombras en coma
que esconden un pasado
Maletas del ayer
traídas al presente
guardando memorias
de horrores vividos.
Que bonito es ahora,
el tiempo se ha borrado
ya todo pasó.
Aún queda el veneno
y me sangra la herida,
la que llevo por dentro,
la que nunca cerró.
María José
Al profesor
(Homenaje a Fernando Menéndez)
Se le ha visto correr en la distancia,
Saltar sobre la ignorancia callejera,
Atrapar lo indescifrable entre sus puños
y hablar de la ilusión en un poema.
Se le ha visto contemplar el horizonte
desde una mesa rodeada de querubes
y llorar en silencio las desgracias
de los hombres que existen sin banderas.
Yo le vi nacer en mi camino
como una flor que contrasta con la vida,
como la luz de un faro en la penuria
como un amigo fiel que no se aparta.
Es como lo hizo el Dios del medio día
para que emprendiera hazañas rutinarias,
ésas que elevan los espíritus sin lumbre
a la luz de las palabras: nuestra lengua.
Marco Antonio 7 de junio 2010
MOSTAZA Y TENDAL
La mancha no se había borrado. Estaba segura de que era mostaza. Una marca desconocida procedente de un país remoto donde en aquél mismo momento se estaban matando como moscas los unos a los otros. Con rabia desprendí el mantel del tendal y lo llevé directamente a la lavadora. Agua caliente, detergente para la ropa de trabajo, quitador de manchas, cloro, el jugo de un limón y un chorro de vinagre. Si esto no lo conseguía, no habría otro remedio que comprar otro mantel.
La lavadora se meneaba de un lado para otro y el agua turbia que golpeaba la ventana plástica auguraba buenos indicios. Esta vez romperíamos la barrera de la mugre. Me quedé pensando en la etiqueta de la mostaza donde leí de qué región procedía. Sabía que eran gente de turbantes y barbas enmarañadas que confiaban en sus elefantes para todo e ignoraban a sus mujeres veintitrés de las veinticuatro horas del día. Creo haber leído que esa única hora de adulación o concupiscencia, para ubicarla en un contexto más exacto, podía ocurrir en cualquier momento de los veinticuatro espacios en que dividimos el tiempo.
Ellas tendrían mucho más de que preocuparse que una mancha de mostaza de origen foráneo. Además de las increíbles proles con bocas hambrientas, habría elefantes que bañar, alfombras que barrer y caftanes que apalear contra las piedras lisas a la orilla de algún río de impronunciable nombre. Mientras que yo, desde mí ignorada esquina de la península me quejo porque una mancha de mostaza extranjera me jodió un mantel de lino Holandés.
La lavadora puja como si estuviera a punto de producirse un aborto y yo sueño con el día en que saquemos las maletas del trastero para irnos de vacaciones a Benidorm. Pero algo en mi cerebelo también pulsa al compás de la lavadora construyendo palabras e hilvanando preguntas: ¿Cuántos niños han muerto en el país de la mostaza desde que la lavadora comenzó su pum-pum sin lograr erradicar la jodida mancha amarilla de origen extranjero?
Marco Antonio
GIGANTES Y ENANOS, MOSTAZA Y TENDAL
Desde aquella terraza a pié de calle donde comía, les vi venir. Yo untaba una pizca de mostaza sobre mi rebanada de pan. Más que una pareja, me pareció que observaba un cuadro insólito.
Ella era una mujer enana, de unos noventa y cinco centímetros de estatura. Caminaba de forma inestable ayudada por un andador que amortiguaba el excesivo vaivén de su cuerpo entre un paso y el siguiente.
El hombre que caminaba a su lado era algo mas joven y delgado. Medía aproximadamente un metro setenta centímetros. Le observé con detenimiento. Su ostensible desequilibrio me recordó a una de esas personas con grandes problemas de lenguaje y coordinación de movimientos. Cada paso parecía ser el último antes de caer. Si no sucedía era porque sus brazos le mantenían en equilibro.
Pasaron por delante de mi mesa gesticulando, riendo y farfullando sin cesar (entonces me pareció escuchar algo acerca de “problemas” y de un “tendal”).
Jaime del Egido
Poniendo las cosas en su justo desorden
Confieso que la temí.
Pero Hölderlin me sonreía desde el origen infinito
de todas las cosas
de todos los días,
de todas las ideas.
Comprendí
que ella es más antigua que la muerte
y más sabia que la vida.
Ya es hora...
¡viento del sur!
de guardar calcetines en la nevera,
de llorar si es que toca;
de orinar en las aceras,
de recordar sin calma
la sonrisa de ella
y aullar a veces,
solo de pena...
de copular en la escalera
con la vecina
de mirar al cielo hilvanando estrellas,
de robar comida
de escribir poesía...
Ya es hora, puta locura...
Comencemos a convivir
incivilizadamente,
con o sin amor, sin ataduras,
Tu, yo, y nuestros versos.
Ya es hora de hacer amistad
con las tinieblas