martes, 19 de enero de 2010
AGLAURA
Se podría decir que conozco este lugar. He estado aquí mucho antes de que descubriera la noción del tiempo. De los cinco sentidos, sólo uno ha despertado: el que percibe la claridad y las tinieblas. Fue esa luz, plagada de sombras la que me dio el primer indicio: Supe que no estaba solo cuando los rasgones intermitentes provocados por aquel intenso resplandor agujerearon las tinieblas, transmitiendo una sensación de movimiento. No, no era un lugar extraño. No, no estaba solo.
Intento identificar este ambiente tan familiar. No es exactamente un país, una región o una ciudad, pero sí son retazos de experiencias vividas en ellas, lugares de puertas y ventanas. Fragmentos de luz y sombra de todos los enclaves que cruzaron frente a mi visión. El puente se ha abierto y ahora puedo transportarme asistido por los otros sentidos, ahora puedo tocar los muros y los marcos de las puertas, oler la repugnancia del sudor agrio de las sombras que transitan por mis costados y hasta escupir el sabor fétido que me invade con cada bocanada del vaho que respiro. Me pregunto, ¿qué ciudad podría ser esta que alberga vestigios de todas mis memorias, de todos los lugares donde he estampado con mi presencia una huella sedienta de discordia, desconfianza, odio y traición? ¿Qué rostros son estos que no puedo ver pero sí identificar en mis entrañas?
Reconozco mis pasos al andar lo ya mil veces andado: las pisadas sobre los adoquines azules de una estrecha calle, sobre el asfalto de una ancha avenida, sobre un camino de piedras, sobre los surcos del fango después de un aguacero; y sin nadie decírmelo, sé que no voy a ninguna parte.
Se podría decir que he llegado de todos los lugares conocidos, de todas las ciudades transitadas, de todas las experiencias malvividas. Se podría decir que no estoy solo y que esta vigilia donde no existe la noción del tiempo, es una condena donde la ansiedad y el desespero de no saber… sabiendo, se convierte en un terrible tormento. Como si para toda la eternidad, un cuervo mitológico me royera las vísceras.
Marco Antonio
viernes, 15 de enero de 2010
jaime del egido
Fue en la pitanza del día de Navidad cuando se armó el revuelo que, a la postre, costaría el puesto de trabajo de dos guardias de seguridad. Al parecer todo comenzó cuando Flor, la auxiliar de cocina, tras servir a Guillermina, se entretuvo en darle explicaciones para que empezase a comer por si sola. Fue el pretexto que hizo explotar a Gerardo, el esquizofrénico recién llegado de otra comunidad terapéutica, y aún no adaptado a esta. Le arrebató el cacillo y lo estampó sobre la pared, llenándola de restos del cocido. Después, volteó la pota sobre la mesa y se montó un barullo fenomenal cuando el enfermero acudió a retener aquella impulsividad inesperadamente desatada. Gerardo huía derribando todo cuánto se encontraba por delante. Empujaba sin miramientos a algunos enfermos que ya se habían levantado de la mesa y se movían, temerosos, en desbandada por el comedor del frenopático.
Dos enfermos espásticos cerebrales, chillaban de excitación y alegría desde sus sillas. Era su contribución a aquél caos de objetos por los suelos, muebles desvencijados, gritos de terror, y varios locos y cuidadores malheridos en la batalla campal.
Al fin acudieron los guardias de seguridad y controlaron la situación excediéndose con sus métodos para reducirlos. El informe del enfermero concluía diciendo que “ni son todos los que están, ni están todos los que son”, y que faltaba algun tornillo...
Jaime
martes, 12 de enero de 2010
EL ESCRITOR
MOSCU, RUSIA
21 de marzo 1909
Haber llegado hasta allí fue un milagro. Desde el montículo donde lo habían situado podía oír los lamentos y comentarios que se desprendían de la multitud. Les podía “visualizar” en su mente, recordar el sonido de sus pisadas y el olor de sus gabardinas. Ser ciego tenía algunas ventajas. Nada ni nadie moría del todo, algo siempre quedaba en su mente. Ahora estaba allí, en esta congregación de almas, sin saber el por qué. Lo habían arrancado de su esquina en la Plaza Roja para depositarlo sobre un montículo de nieve desde donde, según las instrucciones, rendiría tributo al Secretario Nacional del Partido Comunista, al cazador de sueños para la Unión Soviética, a la conciencia de la Madre Rusia.
Para Vladimir Borovkov la noche y el día eran términos del lenguaje, como también lo era la sonrisa o la tristeza que podía estar retratada en los rostros de los curiosos que le miraban sin ser vistos. Conocía muy bien el hambre y la miseria, sentía el frío y la lluvia y por los olores corporales podía identificar a un ruso entre docenas de personas de otras nacionalidades. Para él no había diferencia entre un día o un año. Aquella esquina de la plaza Roja donde normalmente se situaba, era su mundo, su forma de vivir y un rublo más o menos en el plato nunca alteraba de modo alguno su miserable existencia.
Sabía que el hombre se había plantado firmemente frente a él. Reconoció que era un hombre por la pisada fuerte y el olor penetrante de su gabardina; que era viejo, por la voz y que estaba enfermo, por el sonido de sus bronquios. Sus pulmones se esforzaban buscando el próximo bocado de oxígeno.
–Hola Vladimir –fue un saludo apagado, extenuado por el esfuerzo.
– ¿Me conoce usted señor? –contestó el mendigo algo desconcertado.
—Desde hace mucho tiempo –replicó la voz–. ¿Recuerdas el salón de lecturas de la Biblioteca del Estado donde te reunías con los otros no videntes para escucharme contar historias? Eras uno de los pocos que no se quedaba dormido al calor de la chimenea y fuiste el único que repudió en voz alta su condición, su dependencia en la caridad de otros y la miseria contra la que no tenía ojos ni derechos para defenderse.
–Quisiera decir que recuerdo, señor mío –manifestó Vladimir–, pero la verdad es que mi memoria no va más allá de lo que me rodea. En éste momento estoy consciente de su presencia y del sonido de los rublos en su bolsillo con los que me puede comprar un pedazo de queso o una taza de caldo. ¡No da para más!
–Cuánto lo siento amigo mío –respondió tristemente el hombre–. Por las preguntas que hacías en aquél entonces, supe que eras una persona inteligente y que seguramente si alguien te diera una oportunidad podrías cambiar tu vida. Yo he tenido mucho tiempo para reflexionar sobre este tema: La cruel diferencia social entre usted y yo. Ahora sé que eso no es mandato de Dios.
–preguntó el ciego. ¿Por qué desear ser lo que nunca he sido? Soy feliz tal como es y nada va a cambiar en mi entorno, se lo aseguro. Todo lo que va a pasarme de aquí en adelante, ya me ha pasado más de una vez. Me siento a gusto y no tengo miedo, en este momento mi única preocupación es convencerlo para que me consiga esa taza de caldo, el pedazo de queso y quizás uno o dos rublos. Desconozco otro mundo. Mi Rusia comienza y termina en esa esquina de la Plaza Roja de donde me han arrancado, ese lugar donde paso todos mis días y parte de las noches. Pero de todas maneras… ¡Gracias!.
El hombre, que se había puesto en cuclillas para escuchar mejor, se levantó con dificultad. El esfuerzo fue más de lo que su frágil constitución le permitía y cayó de rodillas. Tosió repetidamente y escupió.
— ¡Necio!– rezongó con sarcasmo y pausó por un momento. Finalmente logró incorporarse y continuó:
–Yo que lo he tenido todo y que he visto a los menos afortunados doblar las espaldas para que mi familia pudiese mantenerse en el círculo de los afortunados, ahora trato de aliviar, en lo que puedo, esa carga. Me he despojado de todos mis bienes para dárselo a los tuyos. Tu, mi pobre diablo, rehúsas aceptar mi mano y me das la espalda. Rehúsas cambiar tu vida y para colmo me dices que prefieres la oscuridad de tu camino.
–Lo siento señor, ser ciego es también un refugio. Nunca tendré que reconoceré la mueca en los labios del mísero ni la sonrisa del bien acomodado cuando se siente satisfecho porque cree haber cumplido su misión al regalarme una moneda–respondió el ciego.
–Entonces dejaré esta bolsa contigo, ya que para descubrirla no necesitaste tener ojos –Replicó el hombre. Dicho esto, depositó a los pies del ciego la bolsa de rublos y extrajo un libro del bolso que colgaba a su costado. Escribió algo en él y se despidió diciendo:
– También dejo este libro, soy escritor y es para lo que vivo…nada mejor te puedo dar. Quizás encuentres otra luz; la de la curiosidad y que ésta te induzca a buscar otros ojos. Los de alguien que lea para ti– entonces se alejó arrastrando sus botas y desapareció entre la multitud.
La nieve comenzaba a cubrirlo todo. El ciego se apresuró a apoderarse de la bolsa que contenía los rublos y la guardó entre los pliegues de su camisa. Alguien se acercaba, el pordiosero inmediatamente reconoció que era una mujer. Una mujer de alguna posición por el zarandeo de su falda almidonada. Las páginas del libro lamidas por el viento, crujieron. Los pasos cesaron y el pordiosero supo que se había inclinado para recoger el grueso volumen ya casi cubierto por la nieve.
– ¡Que interesante! – Comentó para sí misma mientras limpiaba la cubierta del libro– Entonces dirigiéndose al pordiosero sentado en el rincón, le preguntó; ¿Es usted Vladimir Borovkov?
– Si señora – respondió sorprendido – ¿Cómo sabe mi nombre?
– Alguien le ha regalado un ejemplar de Guerra y Paz firmado por el propio autor: León Tolstoi.
Marco Antonio
21 de marzo 1909
Haber llegado hasta allí fue un milagro. Desde el montículo donde lo habían situado podía oír los lamentos y comentarios que se desprendían de la multitud. Les podía “visualizar” en su mente, recordar el sonido de sus pisadas y el olor de sus gabardinas. Ser ciego tenía algunas ventajas. Nada ni nadie moría del todo, algo siempre quedaba en su mente. Ahora estaba allí, en esta congregación de almas, sin saber el por qué. Lo habían arrancado de su esquina en la Plaza Roja para depositarlo sobre un montículo de nieve desde donde, según las instrucciones, rendiría tributo al Secretario Nacional del Partido Comunista, al cazador de sueños para la Unión Soviética, a la conciencia de la Madre Rusia.
Para Vladimir Borovkov la noche y el día eran términos del lenguaje, como también lo era la sonrisa o la tristeza que podía estar retratada en los rostros de los curiosos que le miraban sin ser vistos. Conocía muy bien el hambre y la miseria, sentía el frío y la lluvia y por los olores corporales podía identificar a un ruso entre docenas de personas de otras nacionalidades. Para él no había diferencia entre un día o un año. Aquella esquina de la plaza Roja donde normalmente se situaba, era su mundo, su forma de vivir y un rublo más o menos en el plato nunca alteraba de modo alguno su miserable existencia.
Sabía que el hombre se había plantado firmemente frente a él. Reconoció que era un hombre por la pisada fuerte y el olor penetrante de su gabardina; que era viejo, por la voz y que estaba enfermo, por el sonido de sus bronquios. Sus pulmones se esforzaban buscando el próximo bocado de oxígeno.
–Hola Vladimir –fue un saludo apagado, extenuado por el esfuerzo.
– ¿Me conoce usted señor? –contestó el mendigo algo desconcertado.
—Desde hace mucho tiempo –replicó la voz–. ¿Recuerdas el salón de lecturas de la Biblioteca del Estado donde te reunías con los otros no videntes para escucharme contar historias? Eras uno de los pocos que no se quedaba dormido al calor de la chimenea y fuiste el único que repudió en voz alta su condición, su dependencia en la caridad de otros y la miseria contra la que no tenía ojos ni derechos para defenderse.
–Quisiera decir que recuerdo, señor mío –manifestó Vladimir–, pero la verdad es que mi memoria no va más allá de lo que me rodea. En éste momento estoy consciente de su presencia y del sonido de los rublos en su bolsillo con los que me puede comprar un pedazo de queso o una taza de caldo. ¡No da para más!
–Cuánto lo siento amigo mío –respondió tristemente el hombre–. Por las preguntas que hacías en aquél entonces, supe que eras una persona inteligente y que seguramente si alguien te diera una oportunidad podrías cambiar tu vida. Yo he tenido mucho tiempo para reflexionar sobre este tema: La cruel diferencia social entre usted y yo. Ahora sé que eso no es mandato de Dios.
–preguntó el ciego. ¿Por qué desear ser lo que nunca he sido? Soy feliz tal como es y nada va a cambiar en mi entorno, se lo aseguro. Todo lo que va a pasarme de aquí en adelante, ya me ha pasado más de una vez. Me siento a gusto y no tengo miedo, en este momento mi única preocupación es convencerlo para que me consiga esa taza de caldo, el pedazo de queso y quizás uno o dos rublos. Desconozco otro mundo. Mi Rusia comienza y termina en esa esquina de la Plaza Roja de donde me han arrancado, ese lugar donde paso todos mis días y parte de las noches. Pero de todas maneras… ¡Gracias!.
El hombre, que se había puesto en cuclillas para escuchar mejor, se levantó con dificultad. El esfuerzo fue más de lo que su frágil constitución le permitía y cayó de rodillas. Tosió repetidamente y escupió.
— ¡Necio!– rezongó con sarcasmo y pausó por un momento. Finalmente logró incorporarse y continuó:
–Yo que lo he tenido todo y que he visto a los menos afortunados doblar las espaldas para que mi familia pudiese mantenerse en el círculo de los afortunados, ahora trato de aliviar, en lo que puedo, esa carga. Me he despojado de todos mis bienes para dárselo a los tuyos. Tu, mi pobre diablo, rehúsas aceptar mi mano y me das la espalda. Rehúsas cambiar tu vida y para colmo me dices que prefieres la oscuridad de tu camino.
–Lo siento señor, ser ciego es también un refugio. Nunca tendré que reconoceré la mueca en los labios del mísero ni la sonrisa del bien acomodado cuando se siente satisfecho porque cree haber cumplido su misión al regalarme una moneda–respondió el ciego.
–Entonces dejaré esta bolsa contigo, ya que para descubrirla no necesitaste tener ojos –Replicó el hombre. Dicho esto, depositó a los pies del ciego la bolsa de rublos y extrajo un libro del bolso que colgaba a su costado. Escribió algo en él y se despidió diciendo:
– También dejo este libro, soy escritor y es para lo que vivo…nada mejor te puedo dar. Quizás encuentres otra luz; la de la curiosidad y que ésta te induzca a buscar otros ojos. Los de alguien que lea para ti– entonces se alejó arrastrando sus botas y desapareció entre la multitud.
La nieve comenzaba a cubrirlo todo. El ciego se apresuró a apoderarse de la bolsa que contenía los rublos y la guardó entre los pliegues de su camisa. Alguien se acercaba, el pordiosero inmediatamente reconoció que era una mujer. Una mujer de alguna posición por el zarandeo de su falda almidonada. Las páginas del libro lamidas por el viento, crujieron. Los pasos cesaron y el pordiosero supo que se había inclinado para recoger el grueso volumen ya casi cubierto por la nieve.
– ¡Que interesante! – Comentó para sí misma mientras limpiaba la cubierta del libro– Entonces dirigiéndose al pordiosero sentado en el rincón, le preguntó; ¿Es usted Vladimir Borovkov?
– Si señora – respondió sorprendido – ¿Cómo sabe mi nombre?
– Alguien le ha regalado un ejemplar de Guerra y Paz firmado por el propio autor: León Tolstoi.
Marco Antonio
lunes, 11 de enero de 2010
COSAS DEL SILENCIO
Dice Vila-Matas que una hoja cae, sin ruido alguno
y toca la línea del horizonte
en qué horizonte estarás tú
que ya no ves estos cristales salpicados
ni escuchas el reloj
sus pilas moribundas.
Una hoja cae, dice, sin ruido alguno
y yo pienso en el estruendo de tu ausencia
y en el de las hojas secas.
Para ellas el horizonte no es más que la suela de un zapato.
Mari Luz
sábado, 9 de enero de 2010
—SOMETHING STUPID— Dijo la vieja americana sentada en la mecedora que parecía a punto de desvencijarse trozo a trozo soportando aquel peso. Culo arriba, culo abajo, culo arriba, culo abajo.
—SOMETHING STUPID— repitió al compás de los movimientos asimétricos que efectuaba con la ayuda de sus nalgas para coger impulso. Petronila la había invitado porque era su vecina de puertas. Habitaban una casa de dos apartamentos separados por una pared común. Una de esas construcciones adosadas donde la privacidad se limitaba a lo visual, el audio burlaba el parapeto ya que se podían oír los pedos de la señora americana desde cualquier esquina de su casa y hasta cuando cepillaba sus dientes de cerámica y los soltaba dentro del vaso de agua oxigenada produciendo un sonido casi musical. En verdad la había invitado para que vieran juntas al presidente de los Estados Unidos de América por la tele. Esa noche daba su primer discurso a la nación después de los primeros cien días de incumbencia.
—SOMETHING STUPID—volvió a repetir la señora mientras Petronila ajustaba los controles del televisor y ella se impulsaba en la mecedora siempre con la ayuda de sus nalgas y sus pies. Hubo un instante en que sus 140 kilogramos de humanidad consiguieran el movimiento pendular adecuado, pero en el próximo segundo, toda ella se desplazó con cierta violencia como si el portal se hubiera convertido en una pista de bolear. Terminó haciendo diana en el televisor destruyéndolo, la mecedora también quedó destrozada, nadie intentó repararla.
—SOMETHING STUPID— se dijo la señora americana así misma sentada sobre los escombros electrónicos y mirando a Petronila que no entendía una palabra de inglés.
Marco Antonio
miércoles, 6 de enero de 2010
PERO POR QUÉ...
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