martes, 13 de abril de 2010

TÚ ES LO QUE IMPORTAS

                                                       SONETO

Rompiendo siempre el aire con sollozos,
estoy continuo en lágrimas bañado,
y he llegado por tí a tal estado,
que sin ti se acabaron ya mis gozos.

¡Oh qué felices nuestros años mozos!
¡Cuántas veces los hemos añorado,
dando lo no venido por pasado,
evitando sucumbir en hondos pozos!

¡Cuánto tiempo conmigo disfrutaste!
¡Qué ardiente fue el amor que tú me diste!
Llévame junto al mal que me dejaste.

Toma tú todo el bien que me pediste,
llévate lo que siempre deseaste,
¿qué más da que yo quede alegre o triste?


Matritri. Mauricio.

domingo, 11 de abril de 2010

MARCO ANTONIO



NO ME ESPERES A COMER

Livingston Fountainblu fue capturado por una tribu de pigmeos junto con otros cuatro expedicionarios y veinticinco sirvientes. Pronto descubrieron que éstos salvajes eran antropófagos y que gustaban de cocinar a los cautivos en una olla con agua hirviendo o a la vara sobre el fuego vivo. Por el primer sirviente no esperaron hasta que el agua hirviera, se lo comieron crudo.
         Los cinco aventureros fueron encerrados en una jaula de bambú y vigilados muy de cerca por dos fieros aborígenes armados con lanzas y escudos.  Tal parecía que los estaban reservando para alguna ocasión especial, porque el resto de los prisioneros, de dos en dos, fueron sancochados en la paila de agua hirviendo. Después de veinticinco días el suministro de carne humana finalmente se agotó, pero los pigmeos continuaron preservando la vida de los aventureros, siempre manteniéndolos bien alimentados dentro de la jaula de bambú. Con el tiempo aprendieron a descifrar los gestos y alguna que otra palabra de su vocabulario y así descubrieron que aquellos salvajes estaban esperando a que llegara el día de celebrar el cumpleaños de la Reina.  Para esa ocasión prepararían un suculento potaje de hombre blanco con cebollas y nabos pero, al parecer, aún faltaba mucho tiempo para la celebración, así que pasado unos días, decidieron comerse a uno de los expedicionarios asado a la vara. Dos semanas más tarde comenzó la época de la caza. Era un acontecimiento importante que había que celebrarlo con otro festín, así que el segundo aventurero fue sacrificado sobre piedras al rojo vivo, polvoreado con sal y una sustancia de sabor picante… El tercero sufrió un infarto cerebral que le causó la muerte. Fue enterrado con todas las reverencias de las costumbres de la tribu, ya que los pigmeos no se comían a aquellos que morían de causas naturales.
Cuando finalmente le llegó el turno a Livingston Fountainblu, El cocinero sugirió que al potaje le añadieran las yerbas sagradas para ocasiones especiales. El Rey se relamió nada más de pensar cuanto le gustaba el sabor de tal delicadeza.
         Ese día, se puso a hervir el agua muy temprano y comenzaron los preparativos en la cocina privada de los soberanos. A Fountainblu lo sacaron de su jaula para que ejercitara los músculos e ingiriera parte de las yerbas sagradas. Para que la receta funcionara, había que conseguir que la sangre circulara por todo su sistema, consiguiendo así, que se produjera una buena digestión. A pesar de sus protestas le forzaron a empujones y a punta de lanza a correr. Mordía y pateaba, pero corrió y corrió hasta que se desplomó exhausto, entonces lo zamparon en la olla de agua hirviendo. La favorita del Rey comenzó a añadir el resto de los vegetales y yerbas sagradas. El hombre berreó como una bestia hasta perder el sentido.
El primer indicio se manifestó cuando la favorita del Rey notó que el potaje estaba tomando un color sospechoso que no era común para esa receta. Un olor nauseabundo comenzó a saturar el ambiente y la mujer alarmada requirió la presencia del cocinero. Éste se arriesgó a probar el caldo y exclamó:
         — ¡Oh Dios de las piedras!, ¡Oh Diosa de las aguas!, ¡Oh espíritus de nuestros antepasados! ¡El hombre blanco se ha cagado en nuestro potaje! Un asistente del cocinero se infiltró en los aposentos privados del Rey y como si transmitiera un secreto de estado, le comunicó la noticia al soberano.
         Esa noche, la Reina ocupó su sitio de honor ataviada con sus mejores prendas y espero pacientemente a que el Rey hiciese su entrada. El portavoz del Soberano irrumpió en el comedor con un mensaje urgente para Su Majestad La Reina:

“NO ME ESPERES A COMER”


martes, 6 de abril de 2010

MAURICIO

 NADIE PODRÁ SEPARARNOS           
(Soneto)


      Nunca jamás podré dejar de amarte,
      amor envenenado que me matas,
      cordón umbilical con que me atas,
      y que nadie de mí podrá arrancarte.

      Sí, más que recibir, quisiera darte,
      quisiera remontar las nubes altas,
      por seguirte de lejos cuando partas,
      y caer sobre ti para atraparte.

      Soñando por las noches me imagino,
      que te tengo, mi vida, entre mis brazos,
      y quisiera así, amor mío, siempre estar

     olvidando un momento mi destino,
     apretando aún más los fuertes lazos
     que nadie podrá nunca desatar.

       

domingo, 4 de abril de 2010

ENRIQUE TEJON

LAS LINEAS INTERMEDIAS

         Hasta el día en que hice esta fotografía al abuelo, yo era un adolescente absolutamente convencido de que los hombres no podía llorar. Y no porque no debían hacerlo por el mero hecho de ser hombres, si no por una cuestión puramente fisiológica. Mi idea era la siguiente: “las niñas y los niños lloran, pero mientras ellas lo hacen durante toda la vida, éstos, una vez acabada la adolescencia, no pueden hacerlo por imposibilidad física, es decir: a un hombre no le salen lágrimas, ni puede hacer nada que se asemeje a llorar”. El machismo encerrado en esta creencia se ocultaba bajo la losa de la ignorancia. Nadie me había dicho lo contrario. Pero en este día, en la época en que creía que mi etapa de llorar estaba llegando a su fin, esa losa se removió para no volver jamás a su posición original.
El descubrimiento llegó tras un fogonazo. Y no lo digo con ningún sentido metafórico, sino tras la explosión del magnesio con la que recogí la imagen del abuelo sentado a la mesa de su gabinete. Con el maloliente humo dominando la escena me pareció oír un sollozo. Sorprendido, miré al abuelo, que observaba unos papeles. Atónito comprobé que efectivamente, era él quien sollozaba. No acertaría a explicar que me afectó primero (y digo primero porque recuerdo que fue algo que consideré en aquel momento, el orden más que la cantidad), si ver a un hombre llorando, que fuera el abuelo, o las dos cosas a la vez. Asustado y apenado a partes iguales me acerqué a él. Después de mi padre, muerto cuando yo tenía diez años, era la persona a quien más quería del mundo. Mucho más que a mi madre, su hija, la cual había heredado el carácter agrio y desabrido de la abuela. La relación entre los tres era excelente. A menudo yo decía que éramos como los tres mosqueteros. Invariablemente uno de ellos preguntaba: ”¿y  D’ Artagnan?”, y yo respondía: “todavía en Gascuña”. Ni con la muerte de papá lloró el abuelo a pesar de su pena; yo sí, pero era un niño, y sólo hasta que en mi ingenuidad  (algunos años más tarde me di cuenta de ella), decidí no hacerlo para sacarlo de su tristeza. Él hizo lo mismo. 
Puse las manos sobre sus hombros y como si una vez descubierto, no tuviese sentido reprimirse, se abandonó a un llanto que me estremeció. Ante él, sobre la mesa había unas hojas con dibujos. Luego vi que eran retratos. No dije nada, simplemente le apreté los hombros tratando de consolarle, de que no sintiese vergüenza (me pareció que era lo más importante; sobre todo para mí, pero en aquel momento creí hacerlo por los dos). Al fin, pudo calmarse y me contó el motivo. Ello conllevó una breve historia ocurrida en su juventud, sobre los veinticuatro años. Según dijo tenía un don que le supuso alcanzar en poco tiempo una fortuna, si bien luego sería motivo de desgracia. Era un dibujante excelente, pero con algo especial. Trataré de explicarlo. Cuando dibujaba el retrato de alguien lo hacía con notabilísima fidelidad al modelo, pero si en lugar de hacerlo todo en una hoja dividía el rostro por partes y las plasmaba por separado en distintos folios, es decir, en uno hacía un ojo, el otro en un segundo, en otro la nariz, y lo mismo con la boca y con cada una de las orejas, e incluso, de las mejillas, guardando siempre la proporción y finalmente los recortaba para pegarlos como si formase un rompecabezas, el parecido con el modelo era endiabladamente perfecto. La mecánica exigía que hiciera el retrato de las dos maneras para a continuación superponerlos, medir la distancia entre las líneas y tras una operación matemática, que no me explicó, obtener el lugar por donde debía trazar unas líneas intermedias, dando como resultado un tercer rostro, el que iba a tener al cabo de cierto tiempo el retratado. Ese tiempo dependía de alguna de las cifras de la operación. Incluso llegaron a descubrir futuras enfermedades. “O eso creímos”, dijo.
Explotando tal capacidad, y el afán de la gente por conocer lo que le depara el futuro, pronto se hizo popular y puso un despacho que aumentaba la clientela de día en día. Aprovechándose de la situación, en un  gesto de soberbia, del que se avergonzaba, subió el precio de la consulta de modo que sólo las clases altas podían acceder a él.  Se hacían largos viajes para hacerse un retrato.
Joven, rico y disputado por todos gozaba de una situación económica y social privilegiada.
Un día conoció a un ángel, cito sus palabras. No podía ser humana aquella criatura, la más bella y dulce que vio en toda su vida. Al decirlo me enseñó el dibujo de los recortes que representaba al ángel, y era, ciertamente, de una belleza que sería deslumbradora si su mirada no reconfortase el corazón de quien estuviese contemplándolo; el retrato era tan bueno que llegó a hacer sobre mí el mismo efecto. El abuelo se enamoró, y no pasó mucho tiempo hasta que fue correspondido. Se volvió loco de felicidad. Apenas dormía, pues le costaba conciliar el sueño y, sin embargo, no bien empezaba a asomar el primer rayo de luz, estaba despierto esperando el momento de ver a su amor.
Un día decidió hacerle el retrato para darle una sorpresa. Procedió como siempre: un dibujo completo y otro dividiendo el rostro en diferentes folios. Una vez hecho, los superpuso y trazó las líneas intermedias después de la operación matemática. Quedó aterrorizado ante lo que vio: una calavera. La muerte. Era la primera vez que le aparecía. Apartó la hoja e hizo otro dibujo con idéntico resultado. Con manos temblorosas arrugó las dos calaveras y las arrojó al fuego con desesperación. Decidió no decir  nada y continuar su relación como si nunca hubiera hecho tal descubrimiento. Y pasando el tiempo casi se olvidó del retrato cuando le llegó la noticia de la muerte de su ángel en un incendio. Lloró la pérdida durante días (a estas alturas, pese a seguir sorprendiéndome, empezaba a asimilar que los hombres lloraran; ni siquiera pensaba: tal vez mi abuelo es un llorón y los verdaderos hombres no lo hacen, pero lo conocía muy bien y si él lloraba..., pero es muy mayor y quizás..., bueno, sea por lo que sea un hombre llora, no le demos más vueltas, concluí). Poco a poco alimentó la estúpida idea de que tal vez al echar los retratos al fuego había condenado a morir abrasada a la persona que amaba. Dolor, culpabilidad, depresiones, ansiedad. Búsqueda fácil del olvido. Alcohol, drogas, disipación de la fortuna y de la vida. Estaba a punto de la destrucción completa cuando apareció la abuela (y  di un respingo al darme cuenta del parecido extraordinario de la abuela con el dibujo hecho completo de quien la había precedido en el corazón del abuelo). Entonces comprendí porqué estaba unido a ella, obviando infidelidades vergonzantes que menoscababan la gran persona que era, aunque esto mismo actuaba como reparador de gran parte del respeto que se merecía. Además, la abuela, y como he dicho ya, ahora también su hija, casi en todo momento se mostraban ariscas y con continuas frases hirientes; pero el parecido con el ángel debió de crear en el abuelo la idea de estar cerca de la criatura amada, de disfrutar de ella a través de la abuela. No quise imaginar lo que ocurriría si ésta conociese la realidad.
Hasta aquí la explicación envuelta en el llanto. Ahora toma un cariz esperanzador, y    esgrimiendo un dedo mientras sonríe con los ojos aún lacrimosos, me dice que ha  encontrado la solución. Ésta estaba en la fe. Hombre profundamente religioso, no dudaba de la resurrección de los muertos y de la vida del mundo futuro, más allá de la muerte, más cerca de Dios y con los seres queridos, etc., etc. A modo de petición a nuestro Señor, le había hecho un dibujo de cuerpo entero, suyo y de su amor cogidos de la mano, en la completa convicción de serle concedido poder vivir en la vida eterna el goce que no pudo vivir en la  terrenal. Era feliz ante tal perspectiva. Por mi parte necesité hacer acopio de todo el cariño que sentía por él para soportar un movimiento más de la losa; ahora se resquebrajaba la idea de que el amor tiene que ser obligatoriamente entre un hombre y una mujer. “Otra vez la edad avanzada le está jugando una mala pasada”, pensé. ¿Cómo era capaz de contarme aquello y seguir sonriendo sin sentir vergüenza? Pero tenía derecho a hacerlo, si ése era su deseo. Yo sabía que era un hombre bueno..., que alguien tan honesto no tenía porqué avergonzarse. Claro que, estaba descubriendo que en realidad no sabía lo que creía saber. Era evidente que no conocía al abuelo por mucho que lo admirase. Temí no poder disimular mi turbación de seguir descubriendo más cosas. Él hablaba con total naturalidad, como si estuviera convencido de que yo comprendería todo aquello sin cuestionar nada. “Es un octogenario”, me dije: “esa es la explicación”. Debo aclarar que, a pesar de todo,  en nuestra relación no se abrió ni la más mínima fisura. Antes bien, consideré que confesármelo, fuera por senilidad o no, era un prueba de confianza que me llenó de orgullo. Y por nada del mundo le hubiera fallado.
No obstante a partir de aquel día empecé a cuestionarlo todo y a buscar respuestas.  En ocasiones las encontré. Y pareciéndome un día inapelables, a veces, con el tiempo, dejaban de serlo, o simplemente, no lo eran las correctas.
El abuelo murió seis meses después. Para entonces ya sabía porqué me contó todo aquello. Quería ser enterrado con el dibujo, para que Dios le concediese la dicha de la vida eterna con el ser amado. Naturalmente, me encargué de ello.
Desde aquel día hasta la fecha, lejana mi adolescencia, sigo haciéndome la misma pregunta: ¿Quién fue más infiel, la abuela con sus esporádicos encuentros sexuales, aunque con distintos amantes, o el abuelo, que siempre amó a otra persona a través de ella?



Enrique Tejón

viernes, 2 de abril de 2010

MARCO ANTONIO

                                              ME VOY DE PUENTE
                                                                            
Empezó el año inmediatamente después de tragarme la última uva. Se me fue por el camino viejo y empecé a toser y toser y a faltarme el oxígeno hasta que no hubo más remedio que llevarme a urgencias. En el camino el coche tropezó con una alcantarilla defectuosa y la uva se desprendió de mi garganta por sí sola. La mañana del día de Reyes lo celebramos con los niños abriendo regalos. Penélope y Monchito se la arreglaron para abrir todos los juguetes al mismo tiempo y el reguero de cajas y papeles que se formó en el salón fue como para llamar al camión de la basura. La pistola de Monchito disparaba chíspas y una de ellas cayó sobre los papeles y se produjo un incendio. En lo que yo fui a la cocina por una jarra de agua, ya el fuego lamía las cortinas y un costado del sofá. Tuvimos que salir corriendo a la calle en pijamas y sin zapatos, hacía un frío polar esa mañana. Los bomberos tardaron en llegar, así que para ese entonces, el piso ya se había carbonizado junto con el de abajo y el de más arriba. El inspector me acusó de negligencia, estoy citado para un juicio en las próximas semanas. Terminamos mudándonos para la casa de  mi suegra que vive con la hermana mayor de mi mujer, no está casada pero tiene dos hijos que viven con ellas. La suegra no me puede ver ni en pintura, me espía y me desprecia. Yo solamente las odio. El piso tiene dos habitaciones, así que tengo que dormí en la bañera. Hay un solo baño y siete personas con imperiosas necesidades biológicas nocturnas que me obligan a abandonar la incomodidad de  la bañera cada media hora. En el trabajo se apiadaron de mí y me concedieron unas breves vacaciones. ME VOY DE PUENTE sin decirle nada a la familia. Me llevo la pistola de Monchito.

Marco Antonio

miércoles, 31 de marzo de 2010

JAIME DEL EGIDO



Días sin ti 

Sé que recuerdas el café
y aquél reloj que nos regalaba minutos
en la zona de embarque,
antes de nuestra despedida.

Cada segundo era un placer por compartir
y un dolor de olvido;
una angustia muda,
una vida sostenida por recuerdos.

Aún puedo tocar tu mano,
mirarme en tus ojos o abrazarte tierno;
susurrar el agradecimiento,
la devoción
y la súplica de que regreses.

Sé que recuerdas los gestos y las frases
cayendo como losas tristes
sobre las instantáneas felices del pasado.

¡Tanto empeño en conocernos!

¿Cómo podremos olvidarnos?



Jaime del Egido

martes, 30 de marzo de 2010

ENRIQUE TEJON




LA MIRADA DE UNA PERCHA

-         Por favor, señora, tenga la amabilidad de soltar este chubasquero para perro, lo he cogido antes.
-         Ni hablar, yo lo cogí primero.
-         ¡Oh!, vamos, sabe que no ha sido así. Créame que le guardo todo el respeto que merece su edad, pero… yo lo he cogido antes.
-         Antes de darse cuenta de que yo lo cogí primero.
-         Vamos, señora, ¿qué perro tiene usted?
-         ¿Delante? Creo que un perro porcino. Suéltelo, joven.
-         ¿Joven? Tengo edad suficiente para ser su hijo mayor.
-         Antes de que usted fuera mi hijo mayor habría tenido diez hijos y empezaría a parirlos por el noveno y luego me haría una ligadura de trompas.
-         Pues para la que tiene ahora necesitaría un corcho.
-         Un corcho, ¿eh? ¿Nota la percha que tiene clavada en el estómago?
-         ¿Cómo lo sabe?
-         Porque es la punta de mi paraguas. O suelta o le hago otro ombligo.
-         Sabe que si estornudo tendríamos que sacarla del espejo que hay detrás de usted.
-         Buenas tardes, ¿puedo ayudarles?
-         Sí. Llame al asilo, creo que se les ha escapado una ancianita.
-         Por favor, no sigan peleando, hay más chubasqueros como éste, estamos liquidando los precios y pueden coger cualquier otro.
-         Señora no siga tirando. Ha aumentado el chubasquero en dos tallas.
-         Jamás soltaré mi chubasquero.
-         Por favor, por favor, no sigan…
-         ¿Quiere dejarnos en paz? Este es un asunto entre Juanita Calamidad y yo.
-         Bien, miren: al primero que suelte le regalo uno.
-         Está bien. Traiga uno y póngalo en esa bolsa mientras yo entretengo a la vieja.
-         Por favor, hable con respeto de la señora.
-         ¿Hay alguna por aquí?
-         ¡Oh!, creo que me voy a morir por culpa de este energúmeno.
-         Vaya, lleva caducada varias décadas y piensa echarme la culpa de su muerte.
-         Señor, por favor, un poco de respeto…
-         Está bien, le pido disculpas, y voy a soltar. Ya está. Váyase señora y disfrute del chubasquero. Yo… volveré a casa y trataré de explicarle a mi San Bernardo que no podrá llevar el chubasquero que tanta ilusión le hacía. Le dejaré que siga bebiéndose el coñac de su barrilete; que se arrastre por la calle y que permita que los perros callejeros se rían a su costa; que se olvide de la perra del quinto; que en lugar de traerme las zapatillas, siga intentando ponérselas mientras se cae patas arriba; igual que cuando se alza para poner sus patas sobre mí, y… en fin, que continúe creyendo que tiene dos amos. ¿Qué hace señora? ¿No se apiada de mí? ¿Por qué se pone el chubasquero?
-         Mírame bien, me quito el disfraz, ¿ves? Yo soy tu San Bernardo. El otro día acariciaste al perro del segundo y dijiste que era mejor que yo. Sólo quería saber si había perdido tu cariño.
-         ¡Oh!, ¿cómo has podido pensar eso? Siempre te he querido y no te dejaría por nada del mundo.  ¡Vámonos a casa! ¡Qué final de historia tan feliz!
-         No tan rápido amigos. Soy el perro del segundo disfrazado de vendedor; quiero ese chubasquero y la perra del quinto es mía.
-         ¡Eh, eh!, no os peléis por favor, no sigais, dejadlo.
-         ¿Estos perros son suyos? Va a pagar todos los desperfectos que están ocasionando.
-         Pues no olvide que están liquidando los precios.
Enrique Tejón