lunes, 17 de mayo de 2010

MARILUZ



UN PEQUEÑO ROCE
Los sillones son confortables
la vista, estupenda
en el piano bar versionean grandes éxitos
a la derecha, el mar
a la izquierda, montañas desnudas

un roce interrumpe la lectura
una niña aparece empujando una silla de ruedas
los ojos azules de la madre
la rigidez de las piernas.

domingo, 16 de mayo de 2010

ENRIQUE TEJON



NOCHES DE AIRE

Yo estaba observando a los dos jóvenes que se miraban por encima de la mesa azul. Sus gestos me hacían recordar los míos y los tuyos: los nuestros. Cuando me acariciabas la mano y yo era feliz.
En la calle la tormenta obligaba a la gente a correr, como corrías cuando te alejaste de mí para siempre.
El color de la mesa me trajo a la memoria la falda azul que llevabas puesta la primera vez que nos vimos. En forma de oleadas sentía que debía buscarte; alejarme; ir tras de ti; decirte adiós. Los errores que cometí ya no se podían borrar; me desesperaba que esto no tuviera marcha atrás.
Salí a la calle y dejé que la tormenta se apoderara de mí. El viento me hacía tambalear y me obligaba a sujetar el sombrero mientras la gabardina volaba; la lluvia resultaba un alivio; ¿cómo vivir sin ti? Caminé y caminé hasta perderme en la niebla que cayó sobre la ciudad como un gas que convertía la luz de las farolas en una nebulosa. Entré en otro bar. Apoyé los brazos en la barra y dejé caer la cabeza. En ella resonaban tus tacones mientras corrías, mientras te alejabas para siempre, para siempre. Tuve ganas de llorar, pero no lo hice; me armé de valor con dos whiskys dobles. En el tercero decidí que esto no me iba a ocurrir jamás. Levanté la cabeza, bajé del taburete y salí a la calle. Las cosas iban a cambiar. En ese mismo instante conseguí adueñarme de mí de nuevo. O eso creía.
La siguiente parada fue en un bar de baja estofa en el que en diez minutos hubo dos peleas. Cuando me ofrecieron sexo respondí que esa noche no pero que no descartaba volver otro día. La chica me echó el humo a la cara y se rió. Su risa era igual que la tuya. Llevaba una falda azul. Miré el color de las mesas: era indefinible, como lo fue nuestro amor por tu parte; ahora me resultó evidente. Había sido un necio que aun sabiendo que amaba más que era amado, me negué a aceptarlo. O quizá no; quizá sí que lo acepté. Tal vez eso sea el amor. Al pensar en esta palabra casi escupo. A partir de ese momento sería un hombre sin sentimientos, sin alegría, aquello en lo que uno se convierte cuando decide ser gris por dentro.
Alguien me empujó y derramé el vaso; pedí otro. Volvieron a empujarme y el vaso se cayó. Miré a quien me empujó. Este tenía una mirada desafiante. Iba a tener pelea. En otro tiempo habría tenido miedo pero el estoicismo con el que me estaba armando me dijo que no tenía nada que perder. Y el hombre pacífico que fui hasta entonces dio paso a otro más peligroso. Aunque no por ello tonto. Vi que tras él otros me estaban observando. Eran sus amigos; así que fuera como fuera no iba a salir de allí igual que entré. Pensé qué podía hacer. Cogí el vaso y con un rápido movimiento se lo rompí en la cara. Cayó con cara de bobo. A partir de ahí empecé a recibir golpes. Recuperé el conocimiento en la neblinosa estación. Tenía un ojo totalmente cerrado y el otro velado con su niebla particular, había sangrado por las narices y la boca. Por el dolor supuse que tendría alguna costilla rota, tal vez más. No pude levantarme. Me apoyé en la pared y decidí esperar a recuperar fuerzas o a morir, me era indiferente. Me daba absolutamente igual; estaba decidido a ser indolente y aquella paliza me había reafirmado en mi decisión.
Entonces el tren se puso en marcha y te vi en la ventanilla. Tuve la impresión de que también tú me veías y mis labios hinchados intentaron esbozar una sonrisa. Quise levantar la mano para saludarte; el brazo estaba roto. Iba a dolerme pero el tren empezó a alejarse contigo dentro. Mi propósito de ser un individuo sin sentimientos se vino abajo… Pero solo fue un instante. Conseguí ponerme de pie. Con el brazo bueno me coloqué el sombrero y arreglé como pude la destrozada gabardina. Con dificultad me acerqué a las vías. Todavía faltaban tres vagones por pasar. Pensé que podíamos estar unidos por el tren al menos hasta la próxima estación. Tosí. Fue como si me clavaran cuchillos en el pecho. Me sentí bien con el dolor.
El tren desapareció en la niebla.
Yo también.

Enrique Tejón

sábado, 15 de mayo de 2010

MARILUZ




MOSTAZA Y TENDAL
SIEMPRE COLORES
Siempre pensé que la mostaza era una salsa.
Esa diarrea que comparte bocadillo con el tomate.
Puede pasar.
Pero prefiero el puré de patata.
Ahora resulta que la mostaza es un gas.
Mereció la pena cumplir años.
Puede que la mostaza y el butano sean familia.
Éste es tan naranja que tiñe los camiones que lo reparten.
Tuvimos un balcón de ese color.
Llegaba el frío
y nos hartábamos de subir y bajar colores.
El Chele decía que pesaban como su madre.
Date cuenta, la ictericia lo dejó huérfano.
Creo que los gases son horteras.
Dice El Chele que no.
Que, en tal caso, son apasionados
y explosivos.
Si se trata de hablar de explosiones
puedo poner varias sobre la mesa.
Incluso las no correctas políticamente.
Aunque hay temas que no se tratan en la mesa.
Nos lo dice siempre la maestra
Lo dice y explota.
Aunque de mostaza y butano, la pobre sólo tiene una capelina.
Tenía.
Era de franjas bicolores y levantaba dolor de cabeza.
Se la volamos el uno de Mayo con un petardo.
Le dejamos los jirones bailando en el tendal.
El padre de La Cuqui, cuando se enteró, le reventó el tímpano de una hostia.
Pero no es lo mismo.
Los reventones son de otro color.
Tiran a verde.
Y la vaca ni se entera.
Todo el día pegada a la alfalfa.
-Déjalo ya, que vas a reventar. Le dice El Chele.
Pero es necia y sigue.
Y al cabo de tres horas aún mastica.
Siempre por joder.
¿O será por aburrimiento?
Este es el peor de todos.
Siempre cruzo los dedos para hablar del aburrimiento.
No es gas exactamente, se parece al agua
inodoro e insípido.
Pero negro.
Como los cuervos y las sotanas.
Lo dice El Chele.
- ¿Cómo va la vida, Chele?
- Negra. No cae el telón ni pa dios.

domingo, 9 de mayo de 2010

MARCO ANTONIO


ALBA - ESTIERCOL

FINAL CON ESPERANZAS

Todos pensaban que el fin del planeta estaba muy cerca. La gravedad específica de los mares había cambiado de tal manera que aquellos objetos que unos meses atrás se hundían hacia las impenetrables profundidades de los océanos ahora parecían flotar en una zona intermedia cerca de la superficie. Criaturas que por milenios navegaron en la oscuridad soportando la inmensa presión de la masa oceánica ahora se podían observar con claridad desde el puente de cualquier embarcación. Nada crecía en la tierra porque se habían agotado los ingredientes orgánicos que contribuían a soportar la vida. Los avances tecnológicos no aplicaban porque en la Naturaleza no quedaban elementos sintetizables para producir nutrientes con qué regenerar los campos. Escaseaba el agua potable porque había dejado de llover. Con el tiempo todo dejó de funcionar y la raza humana comenzó a retroceder hacia sus orígenes mientras la población se reducía de manera exponencial.


Percepolio había cumplido los cuarenta años cuando descubrió que la única máquina que aún poseía la capacidad de regenerar materia inocua en el mundo era el ser humano. Percepolio era un valorado científico y en compañía de Andréfalus, su fiel asistente, un día al despertar EL ALBA observó como su primogénito, un bebé de tres años, que hasta entonces sobrevivía consumiendo tierra y corteza de los pocos árboles que quedaban, había comenzado a ingerir ESTIÉRCOL; también sus propios excrementos. Semanas más tarde su complexión mejoró y parecía haber aumentado de peso. Pensó entonces el científico que las condiciones extremas del planeta habían forzado una transmutación en el organismo de la especie animal hasta el punto en que podíamos sobrevivir ingiriendo desperdicios orgánicos.

Percepolio que además era ambicioso, inmediatamente formuló un plan para enriquecerse pensando en la posibilidad de que su idea resultara ser un éxito y cambiara los catastrófico pronósticos de que el fin de la civilización estaba próximo.

La tarea fue ardua. Durante los meses siguientes, los dos científicos, también comenzaron a ingerir tierra, cortezas de árboles, pedazos de piedra y, claro está, excrementos y ESTIÉRCOL. Pronto descubrieron que, al igual que la criatura, ellos también estaban aumentando de peso y por alguna inexplicable razón, no necesitaban agua para sobrevivir.

La noticia se esparció como la pólvora:Científicos en la ciudad de Aglaura han descubierto la fórmula para restaurar la vida. Por el momento sólo se podía conseguir en cantidades limitadas. Se vendía en bolsitas plásticas de doscientos gramos que costaban una fortuna.



Marco Antonio

viernes, 7 de mayo de 2010

MARILUZ



ALBA Y ESTIERCOL

HINCANDO EL AIRE EN WYOMING
Mi tía cortó el cuello al pavo más grande.
Hervimos agua en la cocina de carbón.
La chapa al sonrojarse caldeó las grietas.
Metimos pavo y agua en el balde que usábamos para bañarnos.
Lo que no mata engorda.
Estábamos desplumándolo cuando llegaron las señoritas de La Caridad.
Constataron la pobreza en la que vivíamos y también la dieta privilegiada.
No habría vivienda social.
Fue una Nochevieja de chuparse los dedos.
Recoger los platos fue peliagudo.
El mantel resultó un incordio.
Era un artículo extraño.
A la hora de irse a dormir al tendejón, el perro trastabilló, vomitó y nos miró avergonzado desde el otro lado de sus cataratas.
Le acaricié la cabeza y charlamos un rato.
Ni él ni yo veíamos halagüeño el nuevo año.
Al alba, incapaz de dormir, salí a buscarlo.
Era inútil llamarlo debido a su sordera.
Hacia el mediodía toda la familia estaba pendiente de su ausencia.
El abuelo decía que “dónde coño se habría metido si ya no estaba pa cortejar”.
La boina invadía los surcos de la frente.
No apareció.
El otro perro me interrogaba intranquilo.
Empezó a entender cuando me notó el estómago encogido.
Mejoró el tiempo y llegó la época de preparar la tierra para la siembra.
Los hombres se fueron con la carretilla hacia la pila de estiércol.
Cuando llevaban horadada una buena parte del montículo, el patriarca vino a buscarnos.
- Se acabó el misterio, dijo. Hay un esqueleto asomando entre la porquería.
Al ver las costillas hincando el aire me acordé de Marcial Lafuente Estefanía.
De los huesos de búfalo olvidados en rutas desiertas de Wyoming.
Pensé también que era el perfecto chiste negro sobre la vida en aquella casa.

jueves, 6 de mayo de 2010

MARA Y JOSE





Noche de viento

Te vi desaparecer bajo la tormenta.
Al girarme supe que no te volvería a ver.
Nunca.

Me lo dijo el eco de tus tacones.
Su repiqueteo indefenso.
Me estremecí.

El microcosmos golpeó mi cara
con guantes de viento.
Lo merecía.

Mi sombrero. Llévalo.
Le ofrecí también mis recuerdos.
No los quiso.

Busqué refugio en un bar.
Paredes nebulosas. Estelas de espuma.
Gente.

Una mesa azul. Aquella pareja.

Él, caricias distraídas.
Cenizas.
Ella, tocaba su mano.
Susurraba vivencias.

Mis pupilas observaban sus palabras
quemándose sin ser escuchadas.
Una y otra vez.
Una y otra vez.

Recordé los errores cometidos
en caminos ausentes de sonrisas.
Y ahora, ¿qué?

Afuera noche de viento.
¡Perdóname! Grité arrepentido.
Creí rejuvenecer, miré al reloj:
no hubo milagro.

Al volverme te vi en la parada.
La papelera y tú tintineabais. Me mirabas.
Y ahora ¿qué?, me dijo mi alma.
Y ahora ¿qué?, contesté.


Mara (versión del texto de Silvia G. Santana “Noche de aire”)









miércoles, 5 de mayo de 2010

MARILUZ

ASÍ NOS VAMOS APAGANDO



la rendición de los párpados
sigue su deriva

damos pies y manos
hay quien da la lengua
como si el tránsito estipulado
llevase un código de permanencia

será cosa del magnetismo
de estos días azules
y este sol de justicia
sol de la infancia

que invasivo como la yedra
amortigua las pisadas.