miércoles, 30 de diciembre de 2009

AÑO 2010


                                                                


Las nieves de principios de Enero me van a dar el relevo. Mi antecesor ya está cansado, agonizante diría yo. Ha sido un año duro y se nota en su aliento el epílogo.
Yo todavía estoy dando mis primeros vagidos, ¡tened paciencia!, allá por el mes de Abril me direis si he logrado pasar mi prueba de los cien días. En verano me condenareis o me ensalzareis según os pinten las vacaciones, el dinero, la salud, el amor… El otoño será mi éxito o mi condena; en él comprobaremos si no vemos solamente hojas de los árboles por el suelo. Y en invierno… ya estaré viejo, tendré pocas fuerzas y me sentaré esperando el relevo con las primeras nieves de Enero. Si quereis decirme algo bonito, hacedlo ahora, en la flor de mi vida. En Diciembre, los consuelos no me servirán.

Ernesto

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A TODO TRAPO
Ni me miró
apuntaba tan alto
que antes de salir de estampida
dijo que le faltaban carriles

así que hice el viaje sola
con aquella impronta mía
peculiar
como el diente de oro de un hortera

chupé cuneta por un tubo
saqué un máster en ninguneo
y negociando con mis necesidades
elegí una moratoria

posdata

ayer lo vi pasar
no podía ser otro
manejaba un deportivo feroz
con un halo de chatarra
en los frenos.
Mariluz

martes, 29 de diciembre de 2009

FELIZ AÑO NUEVO







Como pesan estas últimas páginas del año. Llevan en ellas la sustancia de todos los eventos, de todas las desgracias y todas las ternuras que barrió la escoba del tiempo en el proceso de caminarlas día a día. Nos hemos inventado más de una vez en estos últimos doce meses y hoy más que nunca creemos estar preparados para continuar la aventura, esta metamorfosis que nos sacude hasta la médula cuando experimentamos con los sabores de la vida. Mis secretos los comparto en el silencio de los sueños que esperan el nuevo año. Los escondo en la caja de Pandora para vestirlos de esperanzas y así imaginar un mundo mejor.

Marco Antonio

lunes, 28 de diciembre de 2009

MOVIMIENTO SEDICIOSO





El tiempo está cambiando, los días se han acortado dramáticamente y sopla una nueva brisa desde el mar  que anuncia la aproximación del invierno. Los pocos transeúntes que insisten en prolongar la euforia de las vacaciones en el mediterráneo se mueven por el paseo marítimo con hombros encogidos, rostros fruncidos y las manos sepultadas en los bolsillos de los pantalones. En la playa no veo sombrillas ni hamacas; solo un hombre alto y delgado que  camina bordeando las filigranas que produce el constante vaivén de las aguas donde la espuma rompe antes de regresar al océano. Va descalzo, hundiendo los dedos de los pies en la arena húmeda para desenterrar las pequeñas piedras redondas y las conchas que quedaron allí atrapadas. Se ha detenido para mirar hacia el horizonte. Ya ha comenzado a caer el sol creando esa fuga de colores rojizos perseguidos por el manto azul púrpura que presagia la oscuridad antes de caer la noche. Se ha  desnudado; ahora se vuelve hacia el mar y embiste las olas con determinación, como si quisiera perseguir el horizonte hasta el infinito. El agua le llega a la cintura, pero él, con los brazos en alto, continúa forzando su avance. Ya  solo es visible la media luna de su cráneo en sombras que forma una orla en contraste con el sol que agoniza sobre la cresta que forman las olas. Finalmente desaparece  en el claro  oscuro de la noche que de un bocado se ha tragado el último destello de luz. Yo, petrificado, continúo observando la oscuridad en espera de su regreso. Nunca llegué a verle la cara, pero por alguna razón, no puedo olvidar el movimiento sedicioso de sus nalgas.


Marco Antonio

sábado, 26 de diciembre de 2009

PASO DE LA OCA A LA PEROLA


                                                
                          


- ¿Cuánto tiempo llevamos en el desierto?
- Cinco meses, señor.
- En todo este tiempo solo hemos visto las palmeras que hemos imaginado, ¿no es cierto?
- Cierto, señor.
- ¿Tenemos comida?
- Hace cinco meses que no tenemos comida, señor.
- Sí, es verdad. Dígame sargento, ¿no es ya la hora de comer?
- Sí, señor.
- ¿A quién le toca hoy imaginar la palmera?, no soporto comer dándome el sol.
- Al cabo, señor.
- ¿A cuál de ellos?
- Al único que hay, señor. Recuerde que somos tres nada más.
- Ah, sí, es verdad. Como ayer me imaginé una parada militar… Sargento…
- ¿Sí, señor?
- ¿Ve aquella duna?
- ¿A qué duna se refiere, señor?
- A la que parece que es de nieve dura.
- Oh, sí señor.
- La he visto cuatro veces en dos semanas.
- Pues o estamos dando vueltas o la duna se ha movido o las dos cosas, señor.
- ¡Claro que se ha movido!; lleva dos días siguiéndonos.
- ¿Qué podemos hacer, señor?
- Disimular hasta que descubramos qué es lo que pretende. Dígale al cabo que imagine la palmera, vamos a comer. ¿A quién le toca imaginar la comida?
- A mí, señor, pero…
- ¿Sí?, ¿qué pasa?
- No me encuentro bien del estómago, señor, y me cuesta imaginar comida.
- Pruebe a imaginarla sólo para el cabo y para mí.
- Eso me cuesta más, señor.
- ¿Alguna solución?
- Que la imagine usted, señor.
- Pero-pero… yo no puedo; tengo que imaginar una conversación con altísimos representantes políticos. ¿Qué les voy a ofrecer? ¡Que imagine el cabo!
- Le recuerdo, señor, que le ordenó imaginar que lleva la invitación a los altísimos representantes políticos para que vengan a comer y tal vez no vuelva hasta la noche.
- ¿Cómo?, ¿es que van a venir antes los invitados que él?, ¿qué tiene pensado hacer?
- Dijo que quizá se retrase un poco, señor; que aprovechará para ver a una hermana que vive cerca.
- ¿Cerca de aquí?
- No, señor, cerca de los altísimos representantes políticos.
- ¿Cuánto tiempo llevamos en este desierto?
- Cinco meses, señor.
- Sería bueno encontrar una palmera que nos diera sombra, ¿verdad?
- La duna se ha movido, señor.
- Sí, lo he visto. ¡Imagine bengalas, sargento!; esta noche la sorprenderemos.

                           FIN

 Enrique Tejón

domingo, 20 de diciembre de 2009

MENSAJE DE NAVIDAD






Sospecho que intentar utilizar las matemáticas para medir el valor y el propósito de nuestra existencia es un ejercicio algo esotérico. Cuando se aproxima esta temporada de auto contemplación espiritual, tratamos de contabilizar la suma de nuestras experiencias asomándonos  a la fosa de los recuerdos y tratamos de visualizar todo aquello que se nos ha ido desprendiendo de la vida, todo eso que se ha ido quedando atrás cada vez más distante y más confuso. Es curioso, pero ese cúmulo de experiencias carece  de un coeficiente o una fórmula aritmética para calcular; si hay margen entre, << lo hemos hecho bien, o no tan mal>>
¿Para qué contabilizar si el argumento no arroja un ápice de claridad? Siempre nos queda la duda: ¿Podría ser que todas esas experiencias enjauladas en la fosa de los recuerdos nos sirvieran para hacernos mejores personas? Debe haber una buena razón para rondar por este espacio tanto tiempo y ser protagonista y espectador en un escenario donde la felicidad y la desgracia se estrechan la mano antes de saltar a la fosa de los recuerdos.   Estas navidades, me miraré el ombligo y abrazaré a todos los hombres de buena voluntad. ¡Por fuerza tengo que sentirme un hombre completo! Ustedes, protagonistas del continuo  drama que se desliza ante mis ojos, ya pasaron a formar parte del indescifrable computo donde las matemáticas no funcionan. Serán entonces la recompensa. Gracias por ser o haber sido parte de este espacio que me han asignado.Mi vida.
Marco Antonio




sábado, 19 de diciembre de 2009



Correos de mil palabras
Escribe, amor, correos de mil palabras
que crucen el espacio, dispersen su tinta
como el labrador dispersa la simiente.
Escribe. Sé consciente. Comunica
aunque no digas lo que yo quiera oír.
Siéntate a la luz de la ventana
en ritual que abra las espitas sensibles
e imaginativas de tu memoria,
y captes, como se caza un mosquito, los instantes.
Relata con la coherencia de un vuelo oceánico,
la uniformidad de una estepa sin fin 
o el constante caminar del beduino en el desierto.
Tras la forma estética surgirá el fondo:
Ideas brillantes sobre nuestras verdades,
y los detalles iluminados de tus sentimientos.



Jaime del Egido